“Eso son pataqueiradas (tonterías)”, decía mi abuela Isolina cada vez que poníamos reparos a sus bocadillos de Nocilla argumentando fechas de caducidad expiradas, lo que sucedía a menudo porque ni ella misma sabía lo que escondía su gigantesca despensa.
Botes de Cola Cao, latas de conservas, cajas de galletas… hacinados en cada uno de los estantes del “comercio”, como ella llamaba al lugar oscuro y húmedo donde almacenaba los alimentos que compraba durante el año, preparándose para nuestra visita en el verano. Allí había suficiente comida para alimentar al ejército ruso durante el cerco a Stalingrado. Por eso, no era extraño que algún producto se quedara olvidado en el fondo de las estanterías, absorbido por algún misterioso agujero negro.
En una de las incursiones en el “comercio”, el tío Verio encontró una lata de anchoas con fecha de caducidad de 1973, un dato completamente irrelevante de no ser porque estábamos en 1990. Para nosotros, aquella conserva era una auténtica pieza de arqueología alimentaria; para mi abuela, una oportunidad única de demostrar su teoría de que las fechas de caducidad eran un cuento chino.
Tratamos de arrebatarle la lata, pero todos los intentos fueron vanos. Inútil impedirlo. Sacó un abrelatas y con movimientos rápidos y nerviosos logró rescatar a las anchoas, que llevaban años apretadas como anchoas en una lata. Atónitos, presenciamos cómo se las iba comiendo una tras otra. Aquella noche pensamos que sería la última de la abuela, o que cuando menos amanecería con dolores de cólico nefrítico. Pero no fue así, se despertó como siempre, fresca como una rosa. “Ya veis, eso de la caducidad es un cuento chino”.
Hace unos días contaba en este blog el súbito éxito que tuvo un un post gracias al “Efecto Menéame” y el subsiguiente fracaso de mi servicio de hosting para responder a la avalancha de lectores, que provocó la caída del servidor y lo que bauticé como “efecto cabréame” por la incapacidad de mi proveedor para solucionar mi problema.
Hoy descubro que el blog RedCoruna utiliza el término recién acuñado para promocionar una campaña de marketing:
Hay ocasiones en las que este súbito y momentáneo aumento del tráfico, conocido como ‘efecto menéame’ da paso a un‘efecto cabréame’ si el servidor que aloja el proyecto no está configurado y optimizado para dar una respuesta rápida al aumento exponencial del número de accesos que se produce.
Para que este ‘efecto menéame’ sea un éxito en todos los aspectos, lo más importante es saber elegir el plan de alojamiento más adecuado a cada proyecto. En RedCoruna, además de orientarte en esta elección, combinamos medidas proactivas y reactivas que nos permiten evitar caídas del servicio.
Y lo mejor es el final:
Ya sea en televisión, en grandes portadas o en meneame.net, todo el mundo debería tener derecho a 15 minutos de gloria. Y en este caso, para que no se vean empañados por el hosting siempre puedes contar con RedCoruna, acudiremos inmediatamente al rescate. Y tú, ¿ya has vivido los tuyos?
(Fignon, en segundo lugar, subiendo la Croix de Fer, en el Tour de 1989. ¿Adivinas quiénes son los demás?)
Ayer me quedé frío al enterarme de la muerte de Laurent Fignon, a los 50 años, víctima de un cáncer. Pese a que nunca simpaticé con él, la noticia me entristeció y sentí morir con él una parte de la historia de mi afición al ciclismo. Enseguida me acordé de Juan Angel Monreal “Bezu” y de aquellas largas discusiones colegiales en las que él defendía tenazmente a Fignon, del que decía que era “un corredor muy fino”. Por eso le pedí que me escribiera algo sobre “El Profesor” para publicarlo en Allendegui, como “columnista invitado”. Quizás “Bezu” sea una de las pocas personas que conozco que comprendía al ciclista francés. Ahí va:
“Al Tour se va a ganar, no a hacer amigos“. Lo dijo José Miguel Echávarri al opinar sobre la relación que mantuvieron Alberto Contador y Andy Schleck en el último Tour de Francia. Pero la frase bien podría definir a Laurent Fignon, quien, al retirarse, no dejó demasiado afecto en el pelotón y sí una nómina de triunfos notable y variada, repartida de marzo a octubre y de 1982 a 1993. Once años y una bisagra entre dos tiempos.
Porque el ciclismo de Fignon, como el de Lemond, como el de Roche, como el de Perico Delgado, arranca en Hinault y termina en Induráin. Todos vivieron los calapiés de correas y los automáticos, pasaron de las viseras a los cascos, de las cronos en bicicleta convencional a los manillares de cabra y de triatleta. De los entrenamientos casi artesanales, intuitivos, al preparador y al médico propio. Los cuatro, nacidos apenas con 20 meses de diferencia, llenaron también una época irrepetible, cuando los mejores todavía disputaban casi todas las carreras, daba igual la fecha del calendario. Y cuando sólo Lemond anunciaba el ciclismo de calculadora y esfuerzos controlados que vendría después.
Fignon no fue el mejor ciclista de su época, ni por supuesto el más simpático. No poseía el carisma de Perico, su capacidad de aceleración y desborde, ni la fría inteligencia táctica de Lemond. Tampoco brillaba contra el reloj y en los descensos, como Stephen Roche. Pero pocos mostraron su misma resistencia al fracaso. El parisino impulsaba la bicicleta con orgullo y coraje, casi siempre sentado sobre el sillín, cabeceando detrás de sus gafas redondas. Cabreó a los rivales atacando bajo la lluvia y en los avituallamientos, reclamando recorridos más duros. Escupió a las cámaras de televisión, fue arrogante y deslenguado. Reconoció haberse dopado.
En 1984 venció arrollando, casi con desprecio. Los rivales apenas podían observar su melena rubia alejarse en La Plagne, en Alpe D’Huez, en Crans Montana. Ganó aquel Tour con diez minutos de ventaja sobre Hinault, pero nunca recuperó el mismo nivel. Llegaron las lesiones y Fignon tuvo que conformarse con triunfos efímeros y resurrecciones fallidas. Hasta que, en 1988, decidió inscribirse en el Tour del Porvenir, donde, casi en silencio y rodeado de jóvenes promesas, venció y recuperó antiguas sensaciones. Firmó un 1989 memorable: ganó la Milán San Remo en marzo, el Giro en junio, perdió el Tour por ocho segundos en julio y arrasó en el Gran Premio de las Naciones, una crono monstruosa de más de 90 kilómetros que se disputaba en septiembre. Tras aquel año agotador, se diluyó.
Quedan sus victorias, el orgullo de quien nunca pedía un relevo ni regalaba un triunfo. Mucho antes de que –gracias Sastre por poner palabras a lo que muchos pensábamos– el ciclismo se pareciera a “una patraña de niñatos“.
El autor, Alfred Hermida, destaca que lo primero es hacer ver a los estudiantes que estas redes son algo más que un pasatiempo; son una poderosa herramienta profesional que facilita “la interacción entre las personas”, y permite “participar y colaborar en la elaboración de los medios”, en lugar de ser simples consumidores pasivos de contenidos.
Hermida dice que los estudiantes deberían aprender a:
1. Incorporar las redes sociales en la labor periodística, siguiendo los temas de interés, por ejemplo a través de Twitter, y buscando fuentes en esas redes sociales.
2. Aprender a discernir y separar el trigo de la paja en el torrente informativo que circula por esas redes, evaluar críticamente las fuentes y verificar las informaciones.
3. Sumarse a la conversación, ya que las redes sociales no son un canal unidireccional para distribuir información, sino una interacción de la que brotan nuevas ideas y perspectivas. Para ello es necesario aprender las normas y prácticas propias de cada red social.
4. Gestionar su reputación profesional, ya que con las redes sociales se diluye la frontera entre lo personal y profesional y es necesario establecer una credibilidad (a través, por ejemplo, de sitios como Linkedin).
5. Colaborar en un entorno tecnológico que facilita el trabajo en equipo entre personas que quizás no comparten espacio geográfico pero sí intereses profesionales.
Hermida dice que no se trata de enseñar a los alumnos los aspectos técnicos o mecánicos de las redes sociales, sino la forma de establecer redes e interacciones que ayuden a ser mejores periodistas porque, como concluye el artículo, “las redes sociales no sólo ofrecen a los periodistas nuevas formas de hacer lo de antes, sino que tienen el potencial de explorar nuevas formas de contar historias, de colaborar y conectar con la audiencia, y de repensar la forma en que hacemos el periodismo“.
He empezado esta entrada con muchas ganas, queriendo contar todo con gran lujo de detalles, pero al apretar la primera tecla se me olvidó lo que quería escribir. Lástima.
Estoy al borde de una crisis de identidad profesional. Hasta hoy, cuando la gente me preguntaba a qué me dedico, respondía todo ufano y sin dudarlo: soy periodista. Pero después de leer un artículo de Dan Gillmor en Salon.com ya no lo tengo tan claro. Ya no sé qué voy a responder a partir de ahora.
En el artículo, Gillmor dice que “todos creamos contenidos. Cualquiera puede cometer un acto de periodismo y muchos de nosotros lo haremos. Podemos contribuir al ecosistema periodístico una vez, rara vez, con frecuencia o constantemente… ¿El muro de Facebook? para algunos son noticias, ¿no? ¿las fotos en Flickr? ¿los vídeos de Youtube? ¿Añadir una ubicación en el mapa de otra persona?”
“¿Necesitamos un nuevo nombre para los creadores modernos de contenidos, concretamente para los que crean información valiosa para sus comunidades (geográficas o de interés?”, agrega.
Si cualquiera puede hacer esto hoy día con los medios digitales que existen a disposición de todos, ¿qué es entonces un periodista? ¿quiénes son los periodistas? ¿qué los diferencia del común de los mortales en esencia?
¡Qué angustia! Busco alivio en el Diccionario de la Real Academia, que siempre nos saca de todos los entuertos, pero lo que encuentro me turba más.
periodista. 1. com. Persona legalmente autorizada para ejercer el periodismo.
2. com. Persona profesionalmente dedicada en un periódico o en un medio audiovisual a tareas literarias o gráficas de información o de creación de opinión.
¿Legalmente autorizada? Yo no tengo ningún carnet, no estoy en ningún registro, nadie me dio ni quitó ningún permiso. ¿Un periódico o medio audiovisual? ¿Qué pasa con Internet? ¿o los teléfonos móviles? ¿tareas literarias o gráficas? Pocas veces me pongo literario, y no sé dibujar ni un cero. ¿Crear opinión? No sé, no sé. ¿Qué opináis vosotros? ¿Os estoy creando opinión? Bueno, quizás, pero no sé.
Me parece que la definición de “periodista” de la RAE necesita una pequeña actualización. Consulto el concepto de “periodismo” en el mismo diccionario en busca de un bálsamo que mitigue mi congoja. Pero no, la profundiza.
periodismo. 1. m. Captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades.
2. m. Estudios o carrera de periodista.
¿Captación y tratamiento de la información? ¿Entonces tiene razón Gillmor?, ¿cualquiera que publique en Flickr o Youtube, o en un blog, o en Facebook, o en Twitter… ejerce el periodismo, luego es periodista?. ¿Y entonces? ¿Si subir vídeos de Youtube es un acto de periodismo? ¿Es necesario tener estudios o carrera de periodista para eso? Pues no lo parece. Estoy aturdido. ¿Existen los periodistas? ¿Se han extinguido? ¿Son alucinaciones mías? ¿Son los padres?
Yo, por si acaso, la próxima vez que me pregunten qué soy, me limitaré a decir: “Yo, Allendegui”
Casi sin darnos cuenta, nos hicimos mayores. No hace mucho, cargábamos montones de chapas en los bolsillos y nos acodábamos en cualquier rincón para jugar apasionados partidos de fútbol.
O, Playmobil en mano, remedábamos duelos épicos entre el Inter y el Milán sobre una tabla de madera aglomerada, en la que habíamos dibujado las líneas de un campo de fútbol, y sobre la que nos dejábamos literalmente la piel de los dedos, disputándonos una ajada canica china que hacía las veces de pelota, para intentar introducirla con habilidad en una portería hecha de listones de madera y redes de bolsa de mandarinas.
O pasábamos horas simulando grandes vueltas por etapas sobre un tablero compuesto por folios en los que dibujábamos carreteras de distintos colores (según fueran tramos de montaña, llano o descenso), con un pelotón hecho de corredores de papel y cartón, y movidos a ritmo de dados.
Pero hoy me escribió mi hermano Miguel, con el que había jugado a todo eso, para contarme que ya estaba disponible en iTunes el Marca Cap, una aplicación para iPhone que él mismo desarrolló y que simula el fútbol de chapas, aquel que antes jugábamos con chapas de verdad, con olor a Fanta naranja o a cerveza rancia. Su aplicación me pareció increíble, adictiva, aunque sin el olor a Fanta ni a cerveza rancia. La descargué en mi teléfono y me puse a jugar, sin poder reprimir la nostalgia de aquellas tardes de fútbol y ciclismo en nuestra habitación, en aquella atmósfera cargada de sudor y gritos, en la que soñábamos con ser deportistas.
Salí de “Los Danzantes“, en el barrio de Coyoacán, con prisas porque estaba lloviendo y llegaba tarde a una cita. Después de zampar un copioso almuerzo, estoqueado con un churro relleno de rompope, que se deslizó con dificultad esófago abajo, apuré la carrera sobre la acera deslizante.
A punto estuve de irme de bruces contra el árbol de la foto, un tronco tapizado de chicles mascados al que pude haberme quedado adherido, indefenso como una mosca. Ante semejante imagen, entendí como nunca la expresión mexicana “chicle y pega”, que significa que, si hay suerte, podrá lograrse aquello que se quiere. En este caso, el chicle, por suerte, no pegó.
Tras el exitoso post de ayer en el que hablaba de cómo el “efecto Menéame” había generado un “efecto cabréame”, llego a la conclusión de que se trata de un caso de propiedad recíproca, ya que el “efecto cabréame” originó a su vez un “efecto Menéame” que volvió a colapsar mi servidor.
De nada sirvió cambiar de compañía de alojamiento (¿o quizás debería decir de “aloja y miento”, porque te prometen unas cosas que no siempre se cumplen?). Esta vez, sin embargo, me fue mejor y en ningún momento me desconectaron unilateralmente el acceso a la base de datos, todo un detalle por parte de Bluehost.
Agradezco a todos los comentarios que se me hicieron para optimizar el funcionamiento del blog. Ya implementé algunos de los consejos y espero que a partir de ahora no haya tantos problemas. Estoy contento, lo cual es un problema, porque ahora tengo que buscar cómo “cabrearme” para conseguir generar de nuevo el “efecto Menéame”.
El martes pasado sufrí en mis propias carnes el llamado “efecto Menéame”, que Wikipedia define como el inesperado incremento en las visitas de una web cuando una noticia o post llega a la portada del sitio de recomendaciones Meneame.net, “cosa que puede llegar a bloquear al sitio enlazado”, como efectivamente me ocurrió.
El culpable fue un post de una foto “eufemística”, pero eso es otra historia, porque lo llamativo del día en realidad fue el “efecto cabréame” que padecí poco después, cuando me comuniqué con mi servicio de hosting para que restablecieran el acceso a la base de datos de mi blog. Después de la avalancha de visitas, allendegui.com estuvo inaccesible durante varias horas, hasta que finalmente la compañía que aloja mi bitácora optó unlateralmente por desactivarlo. Cuando me enteré, los llamé iracundo:
- Buenas noches, oiga, tengo mi blog alojado en su servicio de hosting y hoy, unilateralmente y sin previo aviso, interrumpieron el acceso a la base de datos y dejaron inaccesible el blog. ¿Cómo es posible?
- Lo sentimos estimado cliente, pero tuvimos que tomar esa determinación ante el elevado número de consultas que experimentó nuestro servidor. Creemos que hay algún tipo de problema en su base de datos, así que la solución que le planteamos es que nos escriba un correo electrónico explicando las medidas que ha tomado para resolver el problema y entonces nosotros procederemos a analizarlo y, de quedar resuelto, restableceríamos el acceso a la base de datos.
- Oiga, perdone, que le interrumpa, pero mire, ahora mismo no me interesa que ustedes analicen nada, sino que restablezcan de inmediato el acceso a la base de datos y después analizamos lo que ustedes quieran.
- Señor, lamentablemente no podemos hacerlo, la solución que le planteamos es que nos escriba un correo electrónico explicando las medidas que ha tomado para resolver el problema…
- Perdone que le diga, pero no hay ningún problema en mi base de datos, simplemente lo que ha ocurrido es que escribí un post que resultó ser muy popular y el “efecto Menéame” causó un aumento inesperado en el número de visitas, ¿sabe lo que es el “efecto Menéname”?
- Sí, señor, estoy enterado de Menéame, pero yo le estoy dando la solución. La solución que le planteamos es que nos escriba un correo electrónico explicando las medidas que ha tomado para resolver el problema y entonces nosotros procederemos a analizarlo…
- A ver, ¿usted se da cuenta de que no existe ningún problema, de que lo que ha ocurrido es que ha habido un post muy exitoso que ha provocado este aumento, y que con esta discusión peregrina lo único que estoy logrando es perder más visitas?
- Lo sé señor, lo lamento, por eso le estoy dando una solución… la solución que le planteamos es que nos escriba un correo electrónico explicando las medidas que ha tomado para resolver el problema y entonces nosotros procederemos a analizarlo y, de quedar resuelto, restableceríamos el acceso a la base de datos.
- Mire, usted no me está entendiendo. ¿Podría hablar con su supervisor? ¿con un superior? ¿con su jefe?
- lamentablemente señor no le puedo pasar con nadie, yo no le puedo pasar esta consulta a un compañero…
- Pues entonces solucióneme el problema usted y tan contentos…
- Señor, eso tampoco lo puedo hacer, pero le estoy dando una solución. La solución que le planteamos es que nos escriba un correo electrónico explicando las medidas que ha tomado para…
- ¡Pero qué cerrado es usted! ¿No se da cuenta de que no puedo tomar ninguna medida más que pedir amablemente a mis lectores que dejen de leer mi blog porque me lo han saturado? ¿Se da cuenta del absurdo que sería eso?
- Sí, lo sé, pero es que yo le estoy dando una solución, que me envíe…
En este punto me sentí en un programa de cámara oculta, me parecía inaudita la conversación que se estaba desarrollando en el teléfono.
- Oiga, ¿sabe que si grabaran esta conversación y la reprodujeran en un programa de humor, la gente se moriría de risa y creerían que es ficticia?
- Pues señor, mire, yo le estoy dando la solución… escríbamos un mail…
- Pero, ¿No le he dicho que no puedo solucionar nada porque no hay nada que solucionar? Por lo visto la solución va a ser que me cambie de proveedor de hosting.
- Señor, la otra posible solución es que se pase a otro de nuestros planes de servidor dedicado, así no tendría más problemas.
- ¿Pero se da cuenta de que ahora lo que está haciendo es venderme la moto? ¿Ustedes me están cobrando un dineral por este servicio y ahora me dice que no funciona, que me tengo que pasar a otro porque en el que tengo ahora corro el riesgo de morir de éxito? Esto es increíble. ¿Me puede pasar con un supervisor?
- No, no puedo pasarle con otro compañero.
- Pues entonces solucióneme el problema.
- Ya le estoy dando la solución. Escríbanos un correo electrónico explicando las medidas que ha tomado para resolver el problema y entonces nosotros…
Harto ya de semejante diálogo de besugos, opté por el surrealismo….
- Oiga, ya le envié el correo.
- No lo he recibido.
- Sí, mire ahora, tiene que haberlo recibido, fíjese.
- No, no, no lo tengo.
- A ver, pruebe ahora.
- No, no, no ha llegado, y puede tardar, entre unos minutos y media hora…
- Pero vamos a ver, si es un correo electrónico, ¿cómo va a tardar media hora? Lo tiene que haber recibido.
- No, no lo he recibido. Espere un momento, por favor.
Al cabo de dos minutos.
- No, no he recibido nada.
- Sí, tiene que haber recibido algo. Yo le escribí diciendo que no había nada que cambiar.
- No, no recibí nada, y tengo que seguir trabajando, así que si no le puedo ayudar con nada más, voy a tener que colgar.
- No, sí, ayúdeme. Resuélvame el problema, por favor, restablezca el acceso a la base de datos.
- Ya le he dicho la solución. Escríbanos un correo electrónico explicando las medidas que ha tomado para resolver el problema y entonces nosotros procederemos a analizarlo y, de quedar resuelto, restableceríamos el acceso a la base de datos.
- Pero ya se lo he enviado.
- No lo he recibido.
- Pero mire, que ya se lo envié.
- No, no lo he recibido.
- Sí, fíjese bien, ahí le digo que no tengo ningún problema y que me restablezca la base de datos…
- Lo que tiene que hacer es escribirnos correo electrónico explicando las medidas…
- Agggggggggggghhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! esto es como hablar con una pared. Me ha dejado agotado, no puedo más. Adiós.
ACLARACION: Después de este incidente con la empresa 1and1 (con la que tenía su Pack Business Plus, supuestamente “la solución óptima para empresas”), cambié de proveedor y ahora estoy feliz y contento con Bluehost… al menos hasta que me digan que tienen que analizar algo.
Este blog es obra de Allendegui, un periodista navarro que emigró hace más de una década para hacer las Américas, y todavía no las ha terminado. Sus anacrónicas hablan por sí mismas, después de intensas sesiones de logopedia. Si quieres, puedes escribirme, o tuitearme si te atreves en @allendegui.