
Se llama Andrés Rábago García, pero todos lo conocen como “El Roto” (1947), el humorista que publica casi todos los días su tira cómica en El País. Su humor es directo, crudo, sin contemplaciones, lacónico, lapidario, apoyado en un dibujo sobrio, sin artificio ni complicación, que refuerza el laconismo de su comicidad.
Hace años me propuse escribir un artículo largo sobre el humor gráfico español para la revista Nuestro Tiempo. El director entonces, Pedro de Miguel, estaba entusiasmado con la idea y me la recordaba en cada reunión editorial, pero nunca llegué a escribirlo. De hecho, nunca pasé de la fase de documentación. Me leí todas las antologías de La Cordoniz y el Hermano Lobo, pero ahí quedó la cosa.
Trece años después, he querido saldar esa deuda, ya insaldable, y pensé que una forma de hacerlo sería entrevistando a “El Roto”, que era parte de mi plan original en 1994. Esta es la entrevista:
Allendegui: Soy tu admirador desde hace años y me gustaría hacerte una entrevista, o twittervista, o lo que prefieras. Tengo una deuda pendiente al respecto desde hace 13 años y quiero saldarla.
El Roto: Estimado, por el momento no tengo nada más que decir.
Allendegui: Muchas gracias por la entrevista. Ha sido simplemente genial.
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(Foto de 4T9R)
Ultimamente he leído muchas leyendas sobre el origen de la esvástica. Que si viene del sánscrito, que si la usaban en el budismo y el hinduismo, que si en el jainismo y en el cristianismo… en fin, teorías para todos los gustos.
Sin embargo, mi leyenda favorita es la que sitúa el origen de la esvástica hace algunos siglos en un pueblo de la Ribera de Navarra, y lo atribuye a un profesor de religión.
Cuenta la historia que el maestro encargó a sus alumnos que dibujaron una cruz. Todos los estudiantes hicieron cruces más o menos proporcionadas y ortodoxas a excepción de uno, que la dibujó toda tosca y torcida. Cuando la vio el profesor, se quedó mirando fijamente al alumno, que, avergonzado, preguntó al maestro:
- ¿Qué le parece mi cruz?
A lo que le contestó.
- Pues es “bastica”.
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Acabo de escuchar un diálogo surreal tan real como la vida misma. Como telón de fondo, el Día de San Patricio, en el que todos se visten de verde.
- Oye, ¿no llevas puesto nada verde hoy?
- No lo sé, soy daltónico.
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(Foto de Ilja)
A nadie le gusta que le pongan verde. Pero hoy miércoles es, quizás, el único día del año en el que la gente se pone verde a sí misma… Y también, por qué no, un poco morada.
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Hoy me desperté sobresaltado por una pesadilla. Soñé que no existía Internet. Lo primero que hice después de despegarme de las sábanas fue encender el ordenador y buscar el icono del “browser” para constatar que todo era un delirio. No estaba. Escudriñé desesperadamente el disco duro, pero no había rastro. No había forma de conectarse a la red.
Un sudor frío se me descolgó por el espinazo. Salí corriendo hacia la habitación donde tenía el “router”, pero tampoco estaba. “Si hubiera Internet, podría buscar en Google qué hacer en caso de que desapareciera Internet”, pensé. Pero era demasiado tarde. Realmente no existía Internet. Tal vez todo había sido un sueño, e Internet nunca había existido.
Se me ocurrió volver a la cama para dormirme e intentar soñar nuevamente en Internet, para ver si así lograba algo. A los cinco minutos ya estaba roncando, y a los diez soñaba que estaba delante de una computadora. La encendía y en el escritorio, en un tamaño mayor que el de los demás, un icono de navegador. Lo abrí. Funcionaba. Internet funcionaba. Solamente en mis sueños, pero funcionaba. Así, en pleno REM, tomé una decisión drástica. Nunca más despertar.
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(Foto de D´Arcy Norman)
Estaba haciendo limpieza de mis “favoritos” en el navegador y me encontré con un sitio web extraño que no recordaba haber marcado. Se titula “Allendegui”. Lo abrí y me llevé una gran sorpresa. Resulta que el autor soy yo. No sé cuándo empecé a escribir semejante cosa, ni tampoco cuándo dejé de hacerlo. El caso es que al parecer tengo un blog y hace semanas que no se actualiza.
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Casi había terminado de vestirme. Sólo me faltaban los calcetines. Esculqué el cajón en busca de un par y saqué unos de color negro. Me los coloqué con parsimonia. “Oh, qué es eso”. Con estupor, descubrí un agujero de unos dos centímetros de diámetro en la zona del empeine. Lo miré con una mezcla de desdén y enojo. “Bah, malo será que me pase algo y me tengan que quitar los zapatos… ahí se quedan”. Salí a la calle todo ufano. Poco después, ya había obliterado de mi memoria la existencia de la oquedad infamante.
Por la tarde tenía que llevar a mis hijas a un cumpleaños. Llegamos al lugar. Era un gimnasio infantil. Me disponía a entrar al tatami cuando leí un enorme cartel. “Por favor, quítese los zapatos”. ¡Glup! (disfruto mucho esta onomatopeya). El orificio de la vergüenza iba a quedar al descubierto. Tenía que idear una estrategia para ocultarlo y sortear las miradas de varios padres inquisitivos.
Se me ocurrió reubicar el calcetín para que el agujero quedara en la planta del pie, a la altura de la fascia plantar. Brillante. A partir de ahí, sólo fue cuestión de calcular meticulosamente cada uno de mis pasos para evitar poner en evidencia la perforación (por la que, por cierto, se colaban gélidas ráfagas de viento cada vez que zarandeaba mi extremidad).
Ahora estoy nuevamente ante el cajón de los calcetines y me asaltan varias dudas. ¿Quién me asegura que no cometí un desliz inconexo, un error humano que exhibió mis carnes y me puso ridículo? Y si alguien lo vio ¿pensará que acostumbro a lucir prendas con buracos? Me asustan las respuestas a estos interrogantes. Creo que voy a dejar de usar calcetines.
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Me percaté de que Catita tenía el semblante algo mohíno.
- ¿Qué te pasa, Catita?, le pregunté.
- Estoy triste, respondió.
- ¿Por qué estás triste, Catita?
- Porque se murió Abraham Liconln.
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Tengo iPhone desde hace dos semanas y poco a poco le voy sacando el jugo. Cada día descubro nuevas e interesantes aplicaciones. Este es mi top ten:
1. APPestoso: Una utilidad que sirve para eliminar los gases y la halitosis. Infalible.
2. APPuesto: Permite al usuario acicalarse apretando un solo botón. Puedes elegir el color del pintalabios, la marca de la colonia o el aroma del desodorante.
3. APPalear: Esta aplicación envía un SMS a una banda de sicarios para que le den una paliza a los acreedores que tú elijas.
4. APPetitoso: Muy útil sobre todo cuando te invita a comer a su casa un amigo que cocina mal. La aplicación convierte cualquier plato mediocre en una tapa de El Bulli.
5. APPatico: La utilizo para callar a los charlatanes y sobre todo cuando alguien intenta trabar conversación en un avión. Le aprieto a un botón y la persona con la que estás hablando se calla de inmediato, y pierde el interés en su entorno.
6. APPatrida: Esta aplicación te hace sentir que estás en otro país distinto al tuyo. Seleccionas el país al que te gustaría trasladarte, digamos por ejemplo Albania, y se empiezan a escuchar animadas conversaciones en albanés, se oye el himno nacional y aparece la foto de la bandera, y un slideshow con los monumentos albaneses.
7. APParecedor: Fundamental para personas como yo, despistadas y atolondradas. Utilizando la función de GPS y el mapa, te encuentra cualquier cosa que se te haya perdido, incluso la vergüenza.
8. APPaciguator: Aplicación que tranquiliza niños. Un click, y calma los sollozos. Dos clicks, y los niños se comen todo lo que tienen en el plato. Y tres clicks y se van a dormir sin protestar. Imprescindible para todo padre con déficit de sueño.
9. APPsurdo: Pasatiempo perfecto. Esta aplicación te cuenta historias aleatorias, con finales incongruentes y personajes imposibles. Muy útil para escribir este blog.
10. APPtomarporsaco: La mejor de todas. Cuando has tenido un día de perros, simplemente un click y te da un shock “amnésico”.
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Los diálogos entre Catita y Olivia en el coche camino al colegio son un compendio de filosofía infantil. Recojo un par de conversaciones que capturé en día recientes.
Olivia: Quiero tener un diario.
Catita: ¿Qué es un diario?
Olivia: Un libro en el que escribes, pero sólo las niñas. Los niños no pueden escribir diarios.
Y otro diálogo un poco más profundo.
Olivia: Extraño mucho a mi abuelo, que está en el Cielo.
Catita: ¿Tienes muchas ganas de verlo?
Olivia: Sí.
Catita: Pues para eso, primero te tienes que hacer vieja.
Olivia: ¿?
Catita: Y para hacerte vieja, primero te tienes que casar, y luego tener hijos. Y entonces te haces vieja y te mueres, y así vas al Cielo y puedes ver a tu abuelo.
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