Iba caminando por la calle, con la cabeza llena de pájaros, cuando se me ocurrió que necesitaba una puerta nueva para mi estudio. No sé si fue alguna inspiración, pero levanté la vista y vi el letrero de una carpintería.
- !Qué ad hoc!, pensé.
Entré. En el mostrador había un pájaro. Algo atónito le dije:
- Oiga, perdone, vi el letrero de carpintería, pero creo que me he equivocado de sitio.
- No hombre, esto es efectivamente una carpintería. Yo soy un pájaro carpintero.
- Ahhh, no pensé que ustedes también ejercieran la profesión en carpinterías… muy bien. Verá, quería saber cuánto me costaría una puerta nueva para mi pequeño estudio. Una puerta estándar.
- Ufff, no quiero ser pájaro de mal agüero, pero eso le costará mínimo mil dólares.
- Oiga, pero eso es un robo. Usted me quiere desplumar.
- No señor, es lo que me cuesta. Como sólo uso el pico para trabajar, pues tardo más. Y yo cobro por horas.
- Ahh, ya entiendo. Es usted un pájaro… bueno, si es así, entonces me parece muy buen precio. Y ya que estamos, mato dos pájaros de un tiro y le encargo también una ventana y un cuchillo de madera.
- Lo de la ventana se lo haré con mucho gusto, pero lo del cuchillo no, porque ya sabe usted que en casa de carpintero, cuchillo de metal.
La semana pasada, y después de las muertes de Michael Jackson y Farrah Fawcett, surgieron en Twitter rumores sobre la muerte de Jeff Goldblum en Nueva Zelanda. El comediante Stephen Colbert se hizo eco de la noticia y tuvo un delirante diálogo con el propio Goldblum, que estaba vivito y coleando. Este es un fragmento del intercambio (pero la imagen vale más que mil palabras):
Colbert: Yo, Stephen Colbert, puedo confirmar que Jeff Goldblum murió a la edad de 56 años. Goldblum: Mira, siento interrumpirte, amigo Steve, pero mira, no estoy muerto. Colbert: Perdóname, Jeff Goldblum, estoy informando sobre la muerte de Jeff Goldblum. Goldblum: No Steve, mira, la semana pasada ni siquiera estaba en Nueva Zelanda. Mira, no estoy muerto. Colbert: Jeff, ¡lo leí en Twitter! Goldblum: Mira, te convenceré de que estoy vivo… estos días… mira esto (dice mientras escribe un tweet en su móvil). Colbert: ¡Tengo un nuevo tweet! Hey, soy yo. jeff goldblum. Dios mío. Señoras y señores, tengo una gran noticia. La muerte puede tuitear.
Hoy Catita se comió un polo y cuando lo terminó me dio el palo para que leyera la adivinanza que venía escrita. Traduzco del inglés: ¿Cuál es la música favorita de los geógrafos? La respuesta: el country.
El chiste es bastante malo, pero me hizo pensar en los países, en sus capitales, y, no sé por qué, en los siete pecados capitales o, dándole la vuelta, las siete capitales más pecadoras del mundo. A bote pronto, se me ocurren estas:
Tirana (una ciudad donde se abusa del poder).
Gamberra (los australianos, unos incivilizados).
Gaborone (sus habitantes son gaborones).
Tel Aviv (siempre mirando… la curiosidad puede derivar en pecado).
Maputo (la capital con más prostitución).
Mascate (una ciudad que incita a las autolesiones y al masoquismo).
Lima (comen como limas y pecan contra la templanza).
Acabo de enterarme de que para mi hija Catita trabajar es sinónimo de escribir noticias. Como yo soy periodista, aplica ese modelo indiscriminadamente al resto del mundo.
Mi suegro es empresario, pero Catita lo entiende a su manera.
- Papi, Bito (el abuelo) trabaja más que tú. Escribe más noticias.
Este domingo se celebra el “Día del Padre” en Estados Unidos, un día doblemente especial para el presidente Barack Obama. Primero, porque es padre de dos niñas (como yo); y segundo, porque su padre lo abandonó cuando él tenía dos años. Quizás por ello tenga una sensibilidad especial para escribir el ensayo que publicará publicó el domingo la revista Parade. Algunos fragmentos del texto ya se han difundido. Estos son algunos fragmentos. Al leerlos, se me hace un nudo en la garganta.
“En muchas formas, he comprendido la importancia de la paternidad a través de su ausencia, tanto en mi vida como en las de otros. He comprendido que el hueco que deja un hombre que abandona su responsabilidad con sus hijos no lo puede llenar ningún gobierno. Podemos hacer todo lo posible por proporcionar buenos trabajos y escuelas, y calles seguras a nuestros niños, pero nunca será suficiente para llenar ese agujero”.
“Necesitamos padres que actúen, que se den cuenta de que su labor no termina con la concepción; que lo que te hace hombre no es la capacidad de tener un hijo sino el valor de criarlo”.
“Tenemos que apagar la televisión y empezar a hablar con nuestros hijos, y escucharles, y entender lo que pasa en sus vidas”.
“Hubo muchos días en la campaña que sentía que mi familia estaba a millones de kilómetros, y sabía que me estaba perdiendo momentos de las vidas de mis hijas que nunca volverían. Es una pérdida que nunca terminaré de aceptar”.
“En este día del padre, me acuerdo del día en que volví a casa con Michelle y con Malia recién nacida después de salir del hospital hace casi 11 años, conduciendo lentamente, muy por debajo del límite de velocidad, sintiendo en mis manos el peso del futuro de mi hija. Pienso en la promesa que le hice aquel día: que le daría lo que yo nunca tuve.. que si pudiera ser algo en la vida, sería un buen padre”.
Hoy llevé el coche al mecánico. Los frenos hacían un ruido raro desde hace días. Me quedé en una salita del concesionario esperando a que arreglaran el problema.
Había gente leyendo revistas, madres persiguiendo niños, una abuela tecleando en un portátil… De ruido de fondo, un programa de televisión sobre salud. El presentador debía estar hablando de algún tema delicado porque varios en la sala le prestaban atención. De repente se hizo el silencio. Y entonces, la frase que llegué a escuchar:
“No vamos a dejar de lavar los platos porque se reduzca el número de espermatozoides”.
Después de la carcajada general se hizo el silencio y cada uno volvió a lo suyo: unos a leer revistas, otros a perseguir niños y una abuela a teclear en su portátil. Yo quedé sobrecogido con una frase tan platónica.
Puede que Barack Obama quiera paz para todo el mundo y que rechace la violencia, pero de ahí a que no mate ni una mosca, eso no me lo creo. La imagen vale más que mil palabras.
Apoltronado en su asiento del tercer vagón se fijó a través de la ventana en una anciana que arrastraba una maleta por el andén, hasta desaparecer de su vista. El jefe de estación hizo sonar el silbato con estridencia y el tren arrancó. Minutos después, apareció ella, la viejecita, arrastrando su maleta por el pasillo del tercer vagón.
Se acordó de las abuelas que nunca tuvo. La que murió antes de que él naciera y la que desapareció un día de su casa siendo él un bebé. La anciana hizo ademán de levantar la maleta para colocarla en la repisa sobre su asiento, pero él se adelantó y la ayudó.
Pesaba mucho. Con algo de esfuerzo la alzó. Cuando ya la tenía medio apoyada en el borde de la repisa, se dio cuenta de que estaba mal cerrada, pero no tuvo reflejos suficientes para evitar que por el agujero se colara un frasco de medicinas y un marco de alpaca y cristal, que se hicieron pedazos al golpear el suelo. Dejó la maleta. Se agachó para recoger el marco destruido y entregarle la foto a la anciana, pero quedó paralizado al distinguir entre los añicos la foto amarillenta de su padre y su tío veinte años atrás.
Este blog es obra de Allendegui, un periodista navarro que emigró hace más de una década para hacer las Américas, y todavía no las ha terminado. Sus anacrónicas hablan por sí mismas, después de intensas sesiones de logopedia. Si quieres, puedes escribirme, pero sólo si quieres.