Como todos los años, hoy se celebra en Punxsutawney, Pensilvania, el “Día de la Marmota”. Con este motivo, publico tal y como la escribí hace siete años, la anacrónica (más bien protocrónica) de un viaje memorable para conocer en persona a Phil, la marmota más famosa del mundo, el 2 de febrero de 2002.
PUNXSUTAWNEY, Estados Unidos (AND) — El pasado sábado, día 2 de febrero de 2002, o para abreviar, 02-02-02, quien escribe estas líneas cumplió uno de sus sueños: conocer a la marmota más conspicua del orbe. Me refiero a Punxsutawney (Punxsi) Phil, el roedor capaz de pronosticar la duración del invierno.
Para poder tener el encuentro con este animal tan caro al cronista, hubo que desplazarse hasta Punxsutawney, un pequeño y remoto pueblo de Pensilvania, de entre 3.000 y 5.000 habitantes, que se autodenomina la “capital mundial de la meteorología”. Y para acometer tamaña empresa, el arriba firmante tuvo que reclutar un equipo del más alto nivel, integrado por Don Pablos, protagonista de muchas de nuestras crónicas y experimentado viajero, y Abedrós, quien se sumó a la expedición aportando, entre otras cosas, un profundo conocimiento del armenio.
El viaje tuvo una larga gestación, y estuvo a punto de abortarse en varias ocasiones, pero la tenacidad de nuestros protagonistas consiguió finalmente superar obstáculos aparentemente infranqueables — como el aumento del precio de los vuelos, los rigores semiesclavistas del gran mullah, las grandes distancias, y los malos pronósticos meteorológicos, que auguraban bajísimas temperaturas…
En primer lugar, hubo que averiguar dónde estaba exactamente Punxsutawney. Para ello no hubo más remedio que recurrir a las “Memorias de Gorbachov” de Abedrós, donde había un mapa que indicaba con precisión suiza cómo llegar al lugar, situado a unas dos horas de Pittsburgh.
Don Pablos y el cronista formaron el pelotón de avanzadilla y llegaron a Pittsburgh antes que Abedrós para reconocer el terreno y alquilar el coche con el que se desplazarían por tierras de Pensilvania.
Para cumplir con el primer objetivo, es decir, reconocer el terreno, Don Pablos y el cronista se dedicaron a recorrer los distintos puestos de información del aeropuerto de Pittsburgh. Hablaron con una anciana mujer de acento fuerte, cuyo discurso tremendamente disuasorio, no consiguió desanimar a nuestros protagonistas. Según ella, en Pittsburgh la “hora pico” era temible, no había lugares para aparcar ni para salidas nocturnas, todo cerraba pronto, todo estaba en obras, etcétera, etcétera, etcétera… en fin, una retahíla de afirmaciones desanimantes que no lograron erosionar la moral de los aventureros.
Con respecto al alquiler del coche, Don Pablos había contratado un vehículo todoterreno con una agencia semidesconocida, filial de Enron. Pese a la preocupación que esto suscitó en quien escribe, afortunadamente lograron hacerse con un buen coche, aunque costó encontrarlo en el aparcamiento. Era un Mitsubishi Montero plateado, con tracción en las cuatro ruedas.
Subidos en el imponente vehículo, nuestros aventureros trataron de salir del aeropuerto, cosa nada fácil. Don Pablos llegó hasta una terminal de Federal Express antes de encontrar la salida. Lo bueno es que después de pasar una vez por un mismo lugar, Don Pablos lo reconoce para siempre, así que ya no se perdieron más… en el aeropuerto.
Se dirigieron al hotel, un AmeriSuites ubicado en un pintoresco y acogedor enclave, detrás de un supermercado, frente a una planta industrial y junto a un terraplén. La habitación, bastante amplia, contaba con dos camas y un sofá-cama, del que enseguida se apoderó Don Pablos. Tras dejar las cosas, Don Pablos y el cronista salieron rumbo a Pittsburgh en busca de la catedral católica, a la que éste último quería ir para asistir a Misa. Debido al tiempo justo de que disponían para llegar, Don Pablos tuvo de recurrir a sus artes de “conductor agresivo”, que se tornaron más “aggresivas” todavía debido a que los imprecisos mapas de Yahoo! nos llevaron por vericuetos equivocados. Estas prisas implicaron cometer varias infracciones de velocidad, realizar adelantamientos peligrosos, saltarse semáforos en rojo, hacer giros prohibidos, circular por las aceras y estacionarse en lugares vedados…
Afortunadamente se llegó a tiempo para la última parte de la Misa, con lo que todos los riesgos asumidos se dieron por bien empleados.
Tras la aventura por las calles de Pittsburgh, enfilaron rumbo al aeropuerto para recoger al tercer aventurero: Abedrós. Mientras lo esperaban, el cronista bebió un reparador chocolate caliente que avivó tanto su tertulia con Don Pablos que a punto estuvieron de olvidarse de Abedrós, Avo Bedros para los amigos. Con la duda de si habría llegado o no, lo esperaron frente a la puerta de llegadas, que curiosamente no era una, sino dos, y separadas por una distancia inabarcable para el campo visual. Eso hizo que el comité de bienvenida tuviera que ir de un lado a otro escrutando a los pasajeros que venían en los diferentes vuelos. Finalmente emergió la gracil figura de Abedrós, quien fue recibido con una acogedora pancarta de bienvenida en la que se leía: “Parí Iegak, Abedrós”, que significa “Bienvenido, Abedrós” en armenio. Completado el trío, comenzó la aventura.
Abedrós dejó sus cosas en la habitación del hotel y ofreció por primera vez cambiarle la cama a Don Pablos, propuesta que fue rechazada por éste. Era la hora de cenar, y los tres acordaron ir a un lugar cercano para no desvelarse demasiado, pues al día siguiente, muy de madrugada, les esperaba Phil en Punxsutawney. Eligieron un sitio llamado Eat’n Park, un restaurante de apariencia cutre y decadente situado casi enfrente del hotel. El nombre pareció absurdo a nuestros protagonistas, pues lo normal es “park” primero e “eat” después, pero bueno, no ahondaron en disquisiciones lingüísticas-semánticas y se dedicaron a manducar, que era de lo que se trataba.
El lugar estaba lleno de cheer-leaders quinceañeras, acompañadas de maromos cuadrados, con pendientes en la oreja y horas de gimnasio en los abdominales y brazos. Al parecer, nuestros tres personajes llegamos justo después de que terminara algún partidoo, con la consguiente aglomeración de gente, que se tradujo en una espera de unos 15-20 minutos. Aprovecharon ese tiempo para escrutar al personal y percatarse de la existencia de las “Smilie cookies”, unas galletas redondeadas con ojitos y boca sonriente que al parecer eran lo más característico del lugar. Al final se fueron sin probarlas, no tanto porque no les apetecieran, sino porque vieron cómo era su proceso productivo, nada agradable a la vista. La cena en sí no tuvo gran misterio, y todo el anecdotario podría reducirse al hecho de que no servían bebidas alcohólicas, con la consiguiente decepción de Abedrós, que tuvo la ingenuidad de pedir una cerveza en aquel lugar.
Llegó la hora de dormir, y, antes de caer en los brazos de Morfeo, Abedrós volvió a ofrecer un cambio de cama a Don Pablos, quien volvió a negarse en redondo. Abedrós, harto de ofrecer su cama sin éxito, decidió disfrutarla él mismo, entregándose a un profundo sueño.
Tras unas pocas horas de sueño, los tres se levantaron con las legañas aún sin terminar de formarse, listos para devorar kilómetros rumbo a Punxsutawney. Era de noche y caían unos finos copos de nieve que daban a la carretera un aspecto fantasmagórica. Del resto del trayecto, el cronista no puede comentar mucho, pues quedó sumido en un profundo sueño, emulando a una marmota hibernante.
Por fin llegaron al pueblo, que parecía de película. Lograron aparcar el coche en un estacionamiento que parecía de pago, pero el embajador Abedrós consultó con otros visitantes que habían dejado su vehículo en el mismo lugar y estos le dijeron: “Looks good. Don’t ask!”.
Don Pablos, Abedrós y el cronista encontraron enseguida la fila de gente que esperaba a los autobuses que debían llevarnos hasta el Gobblers Knob — una especie de claro en medio de un bosque donde se realiza todo el show de la marmota . La parada de autobús estaba estratégicamente colocada al lado de un McDonald’s, que no dejaba de servir cafés calientes para los ateridos turistas, que se vieron obligados a soportar unas temperaturas muy bajas.
Tras tomarse las fotos de rigor – con la ayuda de una pareja que luego se cobraría su recompensa –, nuestro trío compró los boletos y subió al autobús. Un histérico pasajero se dedicó a “amenizar” el trayecto con gritos constantes de “Punxsutawney!!!!!!!” etc… Nadie logró callarlo.
Afortunadamente la distancia no era muy larga y enseguida llegaron al destino. Una vez allí recorrieron el lugar y se sacaron fotos con todo lo que se preciaba a instancias de Don Pablos. Hubo instantáneas bajo una especie de arco conmemorativo (nada que ver con el de Constantino), y junto a una estatua de marmota. Se palpaba un ambiente agradable, a 7 de las gélidas temperaturas. Todo el mundo iba abrigado de pies a cabeza para soportar el rigor de la noche a la intemperie, y los más afortunados incluso pudieron calentarse al fuego de una hoguera.
Una vez hecho el paseíllo por todas las atracciones, llegó el momento de apoderarse de un buen lugar para seguir el magno acontecimiento. Don Pablos se valió de la intimidación que causaban sus botas de 20 dólares del Kmart y, aprovechando la barahúnda, consiguió escurrirse hasta un buen lugar, desde el que tenía una excelente visión del estrado. La pradera fue llenándose poco a poco, y el sitio que en un principio era bueno, dejó de serlo, lo que obligó a Don Pablos a iniciar una reconquista. Poco a poco fue retrocediendo hasta capturar un montículo desde el que tenía una perspectiva aún mejor.
De entre la multitud surgió un vendedor de camisetas conmemorativas, que vendió su lote como pan caliente gracias a que los tres protagonistas de esta historia se decidieron a comprar cuatro, lo que desató un efecto contagioso en la gente de alrededor. Avo Bedros, aterido de frío, utilizó la prenda recién comprada con fines distintos a los previstos.
La expectación iba creciendo con el paso de las horas. Unos tipos sin camiseta desafiaron al frío y al sentido del ridículo para hacer un rato el ganso en el escenario. Mientras, los altavoces dejaban sonar canciones conocidas por toda la concurrencia, como “YMC”, las más famosas de Santana y cosas por el estilo.
Los trágicos hechos ocurridos en Nueva York y Washington también marcaron el día de la Marmota. Hubo un momento para recordar a las víctimas de los atentados del 11 de septiembre y homenajear a los cuerpos de policía, bomberos y protección civil. La memoria de esos acontecimientos dio rienda suelta al patriotismo de los asistentes, que llegó al éxtasis cuando una muchacha salió a cantar a pleno pulmón el himno estadounidense… desafinando bastante, por cierto, aunque no sea políticamente correcto decirlo.
También se lanzaron fuegos artificiales, que dejaron boquiabiertos a más de uno, mientras la luz del sol trataba de hacerse hueco en el cielo, anticipando la salida de Phil, prevista para las 7.30, más o menos.
Finalmente, y justo antes de que los pies del cronista se congelaran como los de Herzog en el Annapurna, Phil salió de su escondite. La expectación iba en aumento. El animal estaba a punto de emitir su pronóstico. Lo subieron a un ambón y…
Y Phil vio su sombra, indicando que el invierno duraría seis semanas más. Ahí acabó el show. Los organizadores metieron a la pobre marmota en una caja de cristal para que todos la pudieran ver, y el estrado se llenó de curiosos intentando sacarse fotos con el acosado roedor, al que le habÌa entrado un sudor frÌo y sufrÌa palpitaciones. Don Pablos trepó con suma agilidad y llegó enseguida hasta la urna. Se apoderó del lugar y empezó a tomar instantáneas, mientras Abedrós y el cronista se sacaban fotos con el señor de la chistera, de quien nunca supimos el nombre.
La multitud rugía e increpaba a Don Pablos, que hacía oídos sordos a los insultos y se fotografiaba una y otra vez con la marmota. El cronista también ganó una posición privilegiada junto a Phil y la mantuvo un buen rato, hasta que consiguió sus instantáneas, lo que también le hizo acreedor de las iras del público.
Finalizada la sesión fotográfica con Phil, nuestros protagonistas emprendieron el regreso a Punxsutawney caminando campo a través.
Una vez dentro del pueblo, empezaron a fijarse en las peculiaridades del lugar. Al ver un coche de policía local, Don Pablos y el cronista corrieron a sacarse una foto; lo mismo que cuando se toparon con un camión de bomberos, aunque esta vez Abedrós se unió a Don Pablos .
También llamó la atención de nuestros protagonistas el alto número de funerarias existentes en la localidad, lo que hizo plantearse a Abedrós la posibilidad de morir en Punxsutawney, ya que, según Don Pablos, se vería muy exótica una lápida que dijera: “Aquí yace un armenio nacido en Alepo, Siria, criado en Argentina, educado en Inglaterra y explotado en Atlanta, hasta que murió en Punxsutawney”.
Ya en el downtown, el trío se dedicó a pasear por los tenderetes levantados en una especie de parque, donde también se estaba esculpiendo una escultura de hielo. Nuestros protagonistas siguieron caminando en busca de tiendas de souvenirs para comprar artículos de recuerdo. Ante la mirada extenuada de Abedrós, Don Pablos sugirió buscar un sitio para desayunar, labor no poco ardua ante la avalancha de gente que se dio cita en Punxsutawney. Al final lo único disponible fue un Burger King de mala muerte en el que se servía el chocolate más aguado que jamás se haya elaborado sobre la faz de la tierra, y en el que ir al baño era casi misión imposible. Y si no, que se lo digan a Don Pablos, que intentó hacer sus necesidades en dos ocasiones, con poco éxito.
Con todo el pescado vendido en Punxsutawney, nuestros aventureros se plantearon la siguiente disyuntiva: “Salvo nos quedamos aquí, salvo nos vamos a ver Amish”. Tras una breve cavilación, optaron por dirigirse a tierras Amish. El cronista se encargó de investigar cómo llegar hasta ellas preguntando en la ferretería de Bill Murray — quien dejó claro que no tenía nada que ver con el actor –, mientras Don Pablos y Abedrós guardaban una larga fila en una tienda de souvenirs.
Las direcciones que Bill dio a Munoz nos llevaron directamente a las tierras Amish, donde cada una de las apariciones de esta gente causó verdadera sorpresa y admiración en nuestros protagonistas.
La indescriptible expresión del rostro de un Amish a bordo de su carro causó una honda impresión en Abedrós, quien decidió bajarse del coche como un resorte para tomarle una foto a otro Amish que nos venía siguiendo también en carro. La reacción del Amish fue girar su vehículo de tracción animal hasta ponerlo de espaldas, mientras unos ladridos perrunos procedentes de una casa se iban escuchando cada vez más nítidamente, hasta que unos canes aparecieron casi a los pies de Abedrós, exigiéndole que les diera la película fotográfica. Abedrós se negó y subió al coche con el semblante desencajado de miedo. Los perros insistían en recuperar el carrete y trataban de impedir el avance del vehículo, pero la habilidad y maestría de Don Pablos al volante consiguió evitarles y seguir camino.
Superado el susto, nuestros protagonistas siguieron camino hasta encontrar un desvío que conducÌa a una bodega. Allí nuestros protagonistas se lanzaron a comprar vino Amish, con gran regocijo de Abedrós y Don Pablos. Tras catar los caldos, Don Pablos adquirió una botella de tinto, otra de blanco y otra de clarete, mientras que Abedrós y el cronista se conformaron con una de tinto y otra de blanco. Abedrós aprovechó el momento para hacer comentarios sobre lo aislado que estaba el lugar, cuando de repente apareció una “gruda” de la Triple A para llevarse un automóvil que había quedado varado.
El trío siguió su ruta por territorio Amish. Durante el recorrido se sucedieron las apareciones de Amish: otro carro Amish con tres personas a bordo, entre ellas un niño con síndrome de Down; un Amish joven con cara de pocos amigos; un anciano cortando leña con una sierra mecánica y otro caminando cerca de una gasolinera.
A todo esto ya se había hecho tarde, y el hambre comenzaba a hacer mella en los estómagos de nuestros esforzados aventureros. Para saciar su apetito decidieron ir a un restaurante Amish, cuyo eslógan decía: “We eat what we sell“, lo que planteó al trío la incógnita de qué sería entonces lo que les servirían a ellos.
No fue fácil encontrar el lugar, y antes de hallarlo se perdieron en varias ocasiones. Finalmente consiguieron llegar gracias a la pericia de Don Pablos para entender mapas y conducir al mismo tiempo. Allí degustaron un rico buffet Amish consistente en pan, pollo asado, jamón, puré de patatas, patatas cocinadas con algo dulce, stuffing, zanahorias, noodles… El cronista quiso experimentar acompañando la comida de una especie de puré rosado que resultó ser repugnantemente dulce. Luego se enteró de que era marshmallow con fresas… En una de las veces en que se levantó a por comida, Don Pablos consiguió entrever la cocina, donde le sorprendió la presencia de un cocinero manco. Cuando Don Pablos contó eso, el cronista entendió por qué le faltaba sal a la comida. Llegó la hora de los postres y Don Pablos se abalanzó sobre los brownies sin importarle mucho si contenían laxantes o no. Hasta el momento no se tienen noticias de disfunciones intestinales en Don Pablos.
Tras la comida, nuestros protagonistas se dieron una vuelta por la tienda de recuerdos aledaña al restaurante, donde Avo y Don Pablos hicieron algunas compras. Antes de abandonar el mágico lugar, los tres dejaron su huella en una pizarra… para la posteridad, o hasta que a alguien se le ocurra borrarla.
Y así acabó la aventura de nuestros amigos en Punxsutawney y por tierras Amish. Del regreso al hotel, poco puede contar quien les escribe, ya que volvió a caer en un profundo sopor. Según cuentan Abedrós y Don Pablos, se detuvieron momentáneamente en Pittsburgh para sacar fotos del “skyline” y de la fábrica de Heinz, que no dejaba de arrojar humo por sus chimeneas. Esto último suscitó un interrogante: ¿Qué se puede esperar de un Ketchup en cuya elaboración se utiliza el humo?.


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3 comentarios ... hasta ahora ↓
1 bettyboop // Feb 4, 2009 at 11:20
todavía no he acabado de leer el post, don Allendegui. voy por trozos…cuando acabe le digo que me ha parecido.
2 Allendegui // Feb 4, 2009 at 20:18
Hay que leerla por partes. Un párrafo diario.
3 bettyboop // Feb 6, 2009 at 0:24
Ya terminé, don Allendegui..es como un testamento, pero ha merecido la pena! No sabía que había estado por tierras Amish!!! El viaje cundió bastante, por lo que veo. Por cierto, viendo a don Pablos en las fotos me recuerda mucho a don J.R. G-M….
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